Lucidez para enfrentar lo que no tiene nombre

Con el estremeciendo agradecido de los sobrevivientes. Así se siente uno al terminar de leer Lo que no tiene nombre, el libro testimonial en el que Piedad Bonnett (Amalfi, 1951) comparte el camino que llevó a su hijo a un suicidio, así como el proceso de la propia poeta colombiana para tratar de encontrarle a ello un sentido. 

Su hijo, Daniel Segura Bonnett, fue un pintor talentoso y, al mismo tiempo, disconforme con su obra, un profesor universitario reconocido por sus alumnos, un estudiante de maestría en la universidad de Columbia, un viajero frecuente, alguien querido por su familia, por sus amigos y exnovias. 

No obstante, Daniel sufría de esquizofrenia y fue esta enfermedad la que, a los 29 años, lo llevó a quitarse la vida una tarde en Nueva York. “Ningún amor es útil para quien ha decidido matarse”, señala su madre en el libro.  

Lo más destacable de Lo que no tiene nombre es la consciencia que tiene Bonnet tanto de los hechos como de los sentimientos que estos producen a todos los involucrados, en especial a ella y a su hijo. Uno termina conociendo a Daniel, llegando a entender su enfermedad, a acompañarlo en la lucha que emprende contra ésta y a, incluso, considerar legítima su decisión.  

Asombra la implacable lucidez con la que la autora describe un suceso que, por doloroso, precisamente, no tiene nombre. Pero además que lo haga regalando frases y reflexiones memorables. El mérito es mayor si se toma en cuenta que el libro comenzó a escribirse tan solo tres meses después del suicidio de su hijo. 

Además, es un libro que plantea preguntas. Mientras leía las pistas con las que Bonnett armaba el puzle de la vida de su hijo, lo primero que pensé fue cuánto saben nuestros padres de nosotros. Si no estuviéramos acá, ¿cómo atarían los cabos que habríamos dejado sueltos?

En una sesión de un club de lectura a la que tuvo la gentileza de asistir, Bonnet comentó que era consciente de que había un margen de error en sus interpretaciones; que, en efecto, hay un lado de los hijos que los padres no conocen y que considera esto algo saludable. Sin embargo, aclaró que quienes conocieron a Daniel lo han identificado en la persona que describe a lo largo del libro. 

La segunda pregunta tiene que ver con la decisión de escribir el libro y con cierta característica sanadora o terapéutica que algunos autores atribuyen a la literatura. En la misma oportunidad, Bonnett señaló que el libro le sirvió de catarsis, pero que  no ha sido suficiente. 

No obstante, el proceso de escritura no ha estado exento de dolor: “He tratado de darle a tu vida, a tu muerte y a mi pena un sentido…he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria”, se lee en las últimas páginas. 

Las páginas enfrentaron a la autora a emociones tan intensas y dolorosas, a un acto enorme de valentía. Bonnett se expuso emocionalmente y cuando esto ocurre una obra vale la pena leerse, pues hay verdad.  

El estremecimiento agradecido de los sobrevivientes: no sufrimos ni el dolor de Daniel ni el de Piedad. Este libro nos ha dejado acaso algo más preparados para algunos dolores que nos puede traer la vida, incluso, así sea insuficiente, para aquellos que no tienen nombre. 

Por: Guido Valdivia Chui (@chinovaldivia_)



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